Valdivia: mejor que en mis recuerdos

A 15 años de su última visita, el Gerente de Ventas de GoChile vuelve a recorrer a la capital de la Región de Los Ríos. ¿Su conclusión? Valdivia es una ciudad como el vino: se pone mejor con los años.

Por Cristóbal Forttes, Gerente de Ventas de GoChile

Sentía que tenía una deuda con Valdivia. Habían pasado 15 años desde la última vez que visité esa ciudad, y a raíz de los comentarios de amigos, parientes y colegas del rubro –que hablaban sobre su belleza única y la gran cantidad de actividades para realizar en la ciudad– cada cierto tiempo me proponía volver. Me imaginaba observando el ancho y caudaloso Río Calle Calle, escuchando las increíbles historias sobre los fuertes españoles –que conocí por primera vez durante ese viaje familiar al sur, cuando tenía 13 años– y disfrutar los sabores tan únicos de esa zona, donde se cruzan la gastronomía alemana e indígena.

En septiembre, cerca de las fiestas patrias, partimos con mi señora dispuestos a sacarle el jugo al fin de semana, lejos del ruido de la ciudad. La hora y media de vuelo desde Santiago se hace muy corta, y a la llegada se siente de inmediato ese cambio de aire, de ritmo y estado mental. El aeropuerto está a media hora de la ciudad y, si bien el camino está en mal estado, los verdes paisajes hacen que el estado del pavimento pase a segundo plano.

Al ver nuevamente el Río Calle Calle me di cuenta porqué me impresionaba tanto cuando era chico: probablemente es el río urbano más bonito que tenemos en nuestro país, perfectamente comparable a cualquiera de los ríos Europeos insertados en medio de la ciudad, como el Támesis en Londres o el Sena en París. Por su orilla se ve gente caminando sin prisa y muchos también recorriéndolo en kayak.

Nos quedamos en el hotel Dreams. Además de su ubicación estratégica frente al puente que une la ciudad con la Isla Teja, es sin lugar a dudas el centro neurálgico de una sociedad que mantiene su ambiente y características provincianas, pero también es tremendamente receptiva a nuevas propuestas. El hotel tiene un staff tremendamente cálido y eficiente, un spa y restaurantes de primerísimo nivel, y quizás una de las mejores relaciones precio/calidad del mercado a la hora de comparar.

Por otra parte la mayoría de las habitaciones están orientadas hacia el río, que en los días soleados –un lujo en el sur– luce increíblemente bello. La noche del Dreams gira en torno a su Casino y a los eventos que ocurren en él: por esos días coincidimos con un show de los Huasos Quincheros y el lleno era total.

Valdivia es una ciudad gastronómica, de eso no hay duda. El primer stop obligado es el tradicional Café Haussman, que a pesar de tener poco espacio y un ambiente de fuente de soda nada novedoso, tiene la fórmula de los mejores crudos de Chile, a sólo dos cuadras del hotel. Son para repetírselos una y otra vez.

Manejando camino a Niebla aparece la Cervecería Kunstmann, un clásico local que recibe a sus visitantes con una original degustación de sus cervezas y abundantes opciones para comer. Más adelante se encuentra Los Molinos, una clásica y pintoresca bahía costera. Sus restaurantes frente al mar ofrecen la posibilidad de disfrutar buenos mariscos y pescados en un ambiente alegre, con banda de músicos locales incluida.

Las universidades en Valdivia han poblado la ciudad de gente joven, y a la gente joven le gustan los datos de lugares pintorescos y con muy buenos precios. Uno de ellos es Las terrazas del Centinilla, con vista al océano, medio escondido en el camino hacia Curiñanco y cuyos platos y copas fueron una verdadera sorpresa. Si no lo recibe el dueño pregunte por él, y diga que viene de parte de GoChile. No se va a arrepentir.

Otro destacado local es la Feria Fluvial a la orilla del río y sus deliciosos erizos. No tengo recuerdo haber comido mariscos tan frescos en mi vida; fue una de esas experiencias difícilmente replicables en algún restaurant capitalino, y por la módica suma de 4.500 pesos. Simplemente increíble.

Para los que quieren aventurarse y recorrer la zona, una excelente opción es arrendar un auto y comenzar por la Isla Teja, que aunque está al lado de la ciudad posee paisajes únicos de la selva valdiviana y sus particulares ecosistemas. Más allá se encuentra el fuerte de Niebla, que si bien no cuenta con una gran infraestructura ni flujo de visitantes, como la mayoría de los sitios históricos de nuestro país, no pierde el mérito de ser uno de los lugares históricos más increíbles y mejor conservados.

No lejos de ahí se encuentra la Caleta Bonifacio, un precioso lugar donde un pescador solitario nos recibió muy alegre y comenzó a contarnos las historias de terremotos y tsunamis que tanto han marcado a la gente local a lo largo de los años.

En resumen, el regreso a Valdivia me llenó de asombro. Me reencontré con una ciudad fresca, llena de paisajes y actividades culturales. Tuve también la posibilidad de conocer a los proveedores locales de GoChile, y darme cuenta que hacen un turismo muy original, profesional y serio. Creo que Valdivia es una ciudad encantadora que sin duda seguirá creciendo y consolidándose como foco turístico sin perder su encanto local.

Mientras vuelvo a mi ciudad con recuerdos y sensaciones actualizadas pienso en la canción de Sexual Democracia que proclamaba a Valdivia como capital. Quizás esos hinchas Valdivianos no estaban tan locos.