Valle de Cochamó: Un nuevo sendero en el horizonte

Valle de Cochamó ChileUn valle casi escondido en la Región de los Lagos atrae desde hace años a deportistas outdoors. Hoy, este destino de escalada de clase mundial es uno de los mejores ejemplos de turismo sustentable en Chile y promete posicionarse como un atractivo imperdible del país.

Por Tania Opazo, editora de GoChile, para La Tercera Tendencias.

– “Tienes que ver el futuro”. dice Andrés.
– “¿Qué?”
– “Sí, tienes que pensar qué pasar cuando pises donde vas a pisar. ¿La rama se va a quebrar? ¿Es esa piedra muy resbalosa? Tienes que anticiparte”.

En el bosque templado del Valle de Cochamó caminas como pisando huevos. Andrés Diez, guía de Miralejos Chile Adventures da cátedra en el “arte de colocar bien los pies”. Nada sencilla esa habilidad que de seguro no se aprende en el clásico destino soñado, caminando por la playa con una caipiriña en la mano.

Un lugar como Cochamó, a un par de horas de Puerto Varas, queda mucho más cerca que las playas tropicales. Tan cerca nuestro y tan lejos de los escaladores profesionales que están dispuestos a viajar miles de kilómetros en avión para trepar por sus montañas de roca granita.

Nos detenemos un momento a “cargar energía”. Snickers, frutas, sandwiches preparados por cada uno a su gusto y agua, mucha agua. “Hay que hidratarse”, dice Andrés, para continuar la caminata mientras conversa con Pablo Dutilh, quien en sus tiempos de colegio fue su jefe scout. Ambos culpan directamente a esos tiempos de su actual pasión por subir cerros y ahora conversan animadamente como si estuvieran paseando por una plaza.

En cambio a uno no le queda otra que avanzar sin despegar los ojos del suelo a riesgo de caerse. Nos detenemos y, finalmente, podemos observar a nuestro alrededor. Los inmensos árboles apenas dejan ver el cielo. Todo está húmedo, y rápidamente ataca el frio. Uno se siente un poco ahogado: no por la falta de oxígeno, sino probablemente por el exceso de éste.

Avanzamos preguntándonos qué vendrá después de ese árbol o qué pasará cuando crucemos por ese tronco que hace de puente en una de las vetas del río Cochamó. ¿Curiosidad? Esto es lo que puedes esperar:

a) Caerte (más de una vez. Incluso).
b) Quedar enterrado en el barro.
e) Mojarte.
d) Sentirte muy adolorido.
e) Todas las anteriores.

Y aún así, ésta es una actividad entretenida.
Y mucho.

Defensores de ríos
Rodrigo Condeza conversa mientras toma una cerveza artesanal. Es el dueño de Miralejos y cuando cuenta su historia con Cochamó los ojos le brillan de alegría como si fuera un niño chico. Un día decidió escapar de Santiago y se compró un terreno en el valle. Empezó una empresa de turismo y todo marchaba perfecto hasta que ipaf!, descubre que querían construir un camino hacia Argentina por en medio del bosque valdiviano.

Los empresarios turísticos del valle crearon entonces la ONG Conservación Cochamó y con el apoyo de abogados y una gran cantidad de argumentos técnicos consiguieron detener el proyecto. Pero ese era solo el primer round: se enteraron que el río completo estaba solicitado por compañías hidroeléctricas y que estaban a punto de conseguir los derechos de aguas. Esto gracias a la fatal ley que permite a cualquier privado comprar las aguas de Chile.

Nuevamente a la pelea, encontraron, investigando, un artículo que les permitía solicitar al gobierno que el río fuera protegido por decreto presidencial, como reserva de aguas. Consiguiendo las firmas de la comunidad y tras mucho lobby el año pasado consiguieron su objetivo. Hoy siete ríos están protegidos: el Cochamó, Petrohué, Palena, Cisne, Golgol (en la Región de los Lagos), el Chaihuín (Región de los Ríos) y el Murta (Región de Aysén).

Es de madrugada y caminamos por Puerto Varas en silencio, procesando una historia que parece repetirse una y otra vez en distintas zonas del país. Pablo es quien lo rompe y concluye: “Este es un lugar que merece ser protegido”.

Y esta es una batalla que no ha terminado. Ahora se viene la tarea de proteger permanentemente el valle dándole la categoría de Parque Nacional. Los defensores de ríos trabajan sin descanso en hacer de Cochamó un ejemplo de turismo sustentable en Chile, en contacto con las comunidades locales y siempre cuidando la zona de la contaminación.

Apaguen las velas
Tras cinco horas de viaje y una caminata por nueve kilómetros de bosque entre senderos intermitentes que a ratos desaparecen. Llegamos a La Junta. Es inevitable sentirse victorioso. Un carrito que cruza el río nos lleva al destino final: el Refugio de Campo Aventura propiedad de Kurt Shillinger.

Tatiana Valderas y Horacio Toledo, las únicas personas que viven en la cuenca todo el año, nos dan la bienvenida. Hay que sacarse el barro y colocar los zapatos a secar debajo de la enorme estufa a leña donde se cocina y calienta el agua. Tatiana calcula cuántos alcanzan a ducharse –el resto deberá hacerlo en la mañana– y pone sus reglas: hay que hacerlo rápido, hay que ser solidario.

Comienza oscurecer y se encienden las velas. Luego de una cazuela de pollo con grandes cantidades de pan casero solo queda conversar y escuchar intermitentemente música en una radio a pilas. Tatiana habla de su pequeño hijo que ahora estudia “abajo”, en la ciudad. Ha sido un proceso duro. Él extraña. Sus padres lo extrañan. Ves todo en perspectiva: es distinto un viaje por el fin de semana a pasar todo el año en la cuenca de Cochamó.

Unos franceses roncan en la pieza de aliado. Tatiana y Horacio se van a acostar, no sin antes dar la instrucción más importante: “apaguen la vela del baño”. No se vaya a quemar la casa, pensamos. Si se hace inevitable una ida al baño, será tanteando paredes, golpeándose con las puertas. Es parte del desafío.

En la mañana el desayuno con mermeladas, quesos caseros y las clásicas sopaipillas sureñas (cuadradas y sin zapallo) nos recargan de energía para una nueva expedición. Un grupo asciende por las paredes verticales de puro granito del cerro Arcoíris para llegar a su cumbre, ubicada a 1550 m y disfrutar una vista del valle que deja perplejo.

Mientras, con el otro grupo caminamos hacia las cascadas que nutren la cuenca. Son aguas heladísimas, de color esmeralda, y con ellas llenamos nuestras botellas. Vemos los árboles, aprendemos sus nombres. Oímos los pájaros y esperamos que alguno nos haga el honor de una breve aparición.

Los alerces, enormes, parecen interminables. Nos agarramos de las ramas para escalar y un verde intenso casi falso, del que encontrábamos en los lápices de colores con los que dibujábamos cuando chicos nos enceguece. A lo lejos se escuchan los arrieros que suben a caballo, y más y más cascadas del río que parece también ser infinito.

Bajamos a Puerto Varas al día siguiente, un soleado domingo. Las familias pasean por la orilla de Lago Llanquihue y varios niños nadan en el agua. Caminamos con la ropa embarrada, la mochila a cuestas y la cara medio desfigurada del cansancio. Nadie nos mira. No somos los primeros y sin duda no seremos los últimos dando ese espectáculo.

Luego de una larga ducha, que de tan larga termina siendo un poco irresponsable, comemos papas fritas en el café Mamusia. Listos para el doloroso proceso de volver a nuestros hogares, Rodrigo Condeza está frente a nosotros, escuchando de nuestra experiencia, nuestros músculos adoloridos, del barro que, tememos, aún nos queda en el cuerpo.

Rodrigo ríe:  “Es que para valorar un lugar como éste tienes que sufrirlo”, dice.

FICHA
Valle de Cochamó, trekking asistido por caballos 5 días / 4 noches
Dificultad suave-media.
Todo incluido, excepto pasajes aéreos y equipo personal.
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