La ruta que te embriaga

Infaltable en las mesas del pueblo chileno, el vino es tal vez el producto que más nos identifica en el mundo. Da lo mismo el motivo: con él botamos las penas, nos sinceramos más de la cuenta o simplemente festejamos la alegría de estar vivos.  GoChile recorrió parte de la Ruta del Vino del Valle del Maule para degustar los sabores que brotan de esta generosa tierra. Se cuenta que el Maule embriaga. Sepa por qué.

Por Cristian González

Una codorniz que se refugia entre los pastizales. Y un conejo que arranca del ruido de la camioneta. Es todo lo que alcanzamos a avistar en el estrecho camino de tierra que nos lleva directo a la viña La Reserva de Caliboro. El polvo penetra entre las ventanas del vehículo y nubla nuestro horizonte por el costado izquierdo. Aún así, podemos ver los pinos que paulatinamente le han ido ganando la batalla a las especies nativas. También pasamos por un letrero que dice Melozal. Se dice que en este pueblo se hace el mejor pipeño de Chile.

Es nuestra primera historia de vinos. Vendrán muchas más.

Caliboro al menos ya aparece en los mapas de la región. Antes no. Parte del empuje que ha adquirido este desconocido poblado se lo debe a la viña La Reserva, nuestro punto de partida en esta Ruta del Vino por el valle del Maule.

Vestido de huaso, César Opazo -gerente de la viña- nos conduce al patio principal del predio. Él se considera un “embajador” de Caliboro. Bajo un parrón hay mesas redondas cubiertas por manteles blancos, unos cuarenta invitados, música suave y un aroma irresistible a cordero asado. Copas y vino. Mucho vino.

En eso, un hombre se separa de su grupo de amigos y viene a saludarnos gentilmente. Alguien nos susurra al oído que se trata del fundador de la viña, don Francesco Marone Cinzano. Su nombre y ese acento tan musical no da cabida a dobles lecturas: es italiano de pura cepa. Tiene una copa en su mano y motivos suficientes para brindar: el vino de su producción (Erasmo cosecha 2007) fue distinguido por la Guía Descorchados 2012 como el mejor tinto y el mejor ensamblaje (cabernet sauvignon, merlot y cabernet franc) del país.

DE LA BOTA AL FIN DEL MUNDO

Mientras nos hace un tour por una bodega de 150 años de historia –que aún utiliza para el proceso de fermentación y guarda de su vino tinto-, Marone relata cómo es que cruzó el Atlántico para llegar hasta un país del que sólo tenía vagas referencias. “En una de las ferias más importantes de Italia me contacté con el embajador chileno de ese entonces, Mariano Fernández. Me vendió Chile y acá estoy”, cuenta en perfecto español. “¿Por qué el vino se llama Erasmo?”, interviene Emerson Basoalto, el guía que nos acompaña toda la ruta. “Erasmo es un campesino de Caliboro que nos ayudó mucho. Buscando el nombre para el vino, decidimos ponerle así en honor a él”, responde Marone.

Don Francesco proviene de una familia de vasta tradición vitivinícola en su país natal. Perfectamente pudo seguir allá, con el éxito asegurado y sin pasar mayores apremios. Pero no desoyó los consejos que le sugerían probar suerte en Chile. Ya instalado acá en 1992, buscó afanosamente un lugar cuyos cultivos no dependieran del riego tecnificado, sí de las lluvias ocasionales. Y luego encontró en el secano de Caliboro su lugar propicio, muy cerca del río Perquilauquén, en la comuna de Linares.

Él narra la historia de la zona como si hubiese vivido siempre ahí. Habla desde los primeros habitantes hasta la reforma agraria del siglo XX, que expropió gran parte del predio. Su relato resulta un tanto perturbador. Podemos presumir que maneja más información que los propios chilenos.

A esta altura el cordero al palo termina su cocción. Marone invita a tomar asiento, pero antes pide silencio para decir algunas palabras. A su izquierda está Rafael Tirado, el otro “festejado”: su vino Cenizas de Barlovento (2011) del Lago Colbún fue elegido por la Guía Descorchados como el mejor blanco de Chile. Prefiere no hablar por el momento.

La última sorpresa de la tarde ocurre después del contundente almuerzo. Llega en el momento preciso, como para darle un respiro al maltratado estómago. Es una botella más chica que las que veíamos sobre la mesa. Se trata del Erasmo Lave Harvest (hecho a base de uva torontel), un vino de un sugerente dulzor. Ideal para acompañar los postres.

Temeroso al principio, pero tal vez alentado por el vino, Rafael Tirado ahora sí se decide a hablar. Sólo atina a decir que “en el Maule están pasando muchas cosas”. Y vaya que lo hemos comprobado hasta ahora.

VIA WINES, LA ÚLTIMA PARADA

Aún algo aturdidos por la noche anterior, viajamos unos kilómetros al norte de Talca por la Ruta 5. Un desvío nos conduce a San Rafael, un pequeño pueblo en el que reina una tranquilidad digna de un día domingo.

Llegamos a la última parada de esta Ruta del Vino. Se trata de la Vía Wines, una de las viñas más emblemáticas de la zona. También una de las más grandes. Lo comprobamos apenas ingresamos al fundo Las Chilcas. El predio tiene 1.400 hectáreas, de las cuales 548 corresponden a viñedos.

Tan extenso es el fundo que minutos después de ingresar perdemos el rumbo. Alguien nos avisa por teléfono que debemos llegar al “quincho”, al lado de un tranque. Después de varios intentos, hallamos el camino correcto. Ahí nos recibe el viticultor Claudio Morales y la jefa de relaciones públicas, Andrea Soto.

Éste es uno de los siete tranques que existen en la viña. Son los “pulmones” de agua de las vides que permiten “tener una cuenta de ahorro cuando esto se pone riesgoso, cuando hay sequía, como ahora”, nos explica Claudio Morales. A diferencia de lo que sucede en Caliboro, en Vía Wines sí se usa riego tecnificado. Y no es posible cambiarse a secano, porque “estas plantas ya han sido criadas a un régimen acotado para el goteo”, aclara Morales, mientras inicia una caminata alrededor de la laguna. Con sombrero y bloqueador. A esa hora el sol se comporta como un villano.

Pero el tranque no sólo cumple esa técnica función. El entorno es realmente sobrecogedor. Los árboles que se mueven de un lado a otro por efecto del viento nos invitan al relajo. Unos patos pasan por la laguna. Y luego unos gansos que forman una verdadera caravana. “Este tranque se llama Los Patos, no fue muy original el nombre”, ríe Claudio Morales. “Los gansos llegaron después”, agrega, aunque “sus desechos alguna vez nos sirvieron para matar las malezas de las plantas”.

Ya instalados en la mesa principal –con un chancho en piedra que tienta a cualquiera- Andrea Soto nos pregunta si queremos algún vino especial. Sólo una persona se atreve. “Aprovechen esta oportunidad”, insiste Andrea. Ahí recién el resto se anima a pedir los más exclusivos, aunque a decir verdad todos son de exportación y tienen sus etiquetas en inglés: el Chilcas, el Oveja Negra y el Chilensis son las tres variedades que produce Via Wines.

Concluye el almuerzo y en la mesa ahora sólo descansan botellas vacías. Unos insinúan dormir una breve siesta; otros no paran de charlar. Nadie está ajeno a la calma que transmite el lugar. Con un par de copas en el cuerpo, escasean las ganas de volver a Santiago, pero llega la hora fatídica y la ruta que nos embriagó –tal como dice el eslogan de la región- ya es historia. El sabio consejo de Andrea Soto (“¿no quieren llevar por si acaso agua mineral?”) será la salvación para nuestras tres horas de regreso a la capital.

 

¿Te gustaría conocer este lugar?

Revisa aquí nuestra oferta de tours en la Ruta del Vino del Valle del Maule