GoChile: Experiencia Antártica

En enero de este año parte de nuestro equipo realizó el primer y único viaje (hasta ahora) al territorio antártico. Una aventura fascinante al extremo más austral del mundo, que hoy nuestra editora Tania Opazo comparte en el blog GoChile.

Por Tania Opazo

“¡Vamos a ir al poto del mundo, Tania!”, me dijo entusiasta Alfonso antes de que el avión de DAP despegara desde el aeropuerto de Punta Arenas. Yo pensé que era una frase brillante, y graciosa por supuesto, que reflejaba perfectamente la aventura en la que nos embarcábamos. Un tour por el día a la Isla Rey Jorge, en pleno territorio antártico, donde se ubica la base aérea chilena Eduardo Frei Montalva, la Villa Las Estrellas (primer sitio habitado por civiles), la base del gobierno ruso, y otras instalaciones militares y científicas, compartidas por varios países, gracias al tratado antártico internacional.

El viaje había comenzado el día anterior en Punta Arenas. Una ciudad muy bonita, con edificios antiguos como el palacio Sara Brown (monumento nacional) y el Club de la Unión,  su Plaza de Armas Muñoz Gamero con la estatua del famoso indio patagón (al que hay que besarle el pie para asegurarse de volver) y sus cipreses cortados como verdaderos pompones verdes. Ese día aprovechamos de visitar el Museo Salesiano Maggiorino Borgatello (Bulnes 336), con una completa colección histórica, biológica y etnológica sobre Magallanes, donde lo que más me sorprendió fue un feto de ballena azul. Como habíamos llegado muy temprano no pudimos dejar de pasar por un buen desayuno-almuerzo a La Chocolatta Baeriswyl (Bories 852), donde tienen unos churros rellenos que son para comer hasta salir rodando.

En la tarde emprendimos viaje al Fuerte Bulnes, a 62 kilómetros de Punta Arenas y orillas del Estrecho de Magallanes. El lugar, declarado monumento histórico en 1968, fue fundado en 1843 y con él que Chile estableció soberanía en la zona. Todo en el fuerte está muy bien cuidado, los cañones, su iglesia de madera y las construcciones originales, y además existen los servicios necesarios para turistas, como baños y negocios para comprar comida y souvenirs. Lo recomendable es visitarlo con un guía conocedor que pueda contarles bien la historia y responder todas las dudas.

Al regreso cenamos en un clásico de Punta Arenas: Donde Sotito. La verdad es que fuera no se ve gran cosa, pero lo que en una época fue una “una picada” es un restuarante bien top, tanto en sus platos como en sus precios. Sin embargo, cada bocado vale la pena, como bien lo constató Alfonso con su centolla. Nuestro día terminó con la llamada de DAP, que nos confirmaba que las condiciones climáticas eran óptimas para el día siguiente, y que podríamos volar a la Antártica. Debíamos presentarnos en el aeropuerto a las 8.30.

Día antártico

Entonces, ahi estábamos en el avión de DAP, mirando por la ventana como pasábamos por sobre Puerto Williams y nos alejábamos del continente, más al sur. En el intertanto nos dieron algo de comer, pero la verdad estábamos ansiosos (o al menos yo lo estaba) y no tenía mucha hambre. Uno tiene tantas ideas preconcebidas respecto a la Antártica (el hielo, el frío, los pingüinos, las ballenas), que sólo quieres bajarte y saber pronto qué realmente vas a ver.

Cuando al avión aterrizó la gente estaba evidentemente contenta, tanto que aplaudieron. Por supuesto lo primero que hice fue evaluar mis parámetros súper impresionantes con la realidad del territorios:

Fantasía Tania – Realidad Antártica
Frío de la menos -10°C – Antártica en verano: 0°C
Nieve en mis pies – No, sólo tierra y hielo a la distancia
Pingüinos corriendo a mi alrededor – Ningún pingüino a primera vista
Ballenas haciendo piruetas en el mar – Ni rastro de ballenas

Digamos que la primera impresión fue un poco, decepcionante. Pero bueno, ya estaba ahí y había mucho que recorrer todavía. Primero nos detuvimos en el hangar de los aviones de fuerza aérea chilena, ahí hay un entretenido poste con flechitas que indican la dirección hacia diferentes ciudades y a los kilómetros de distancia donde se ubican de la Antártica. Por supuesto, lugar obligado de fotos. Allí el guía se presentó, nos contó las cosas que haríamos en el día y nos recalcó la importante de que grupo se mantuviera unido.

Hicimos una parada en el base rusa (tuvimos que sacarnos los zapatos para entrar y ponernos otros secos) y ahí nos esperaban con café y galletitas. En la televisión estaban viendo TVN y los militares rusos fueron muy amables con nosotros, aunque en realidad no dijeron nada. Luego de calentar el cuerpo seguimos en onda rusa y subimos a un pequeño cerro para conocer la Iglesia Rusa Ortodoxa, una pequeña capilla muy bonita, desde donde se tiene una excelente panorámica de la Isla de Rey Jorge.

Al bajar aparecieron los que, para mí, fueron las estrellas del viaje: los pingüinos. Los de Barbijo y de Papúa llenaban la bahía, y como están bastante acostumbrados a la gente, no arracan cuando uno se acerca a sacarles fotos (sin embargo igual se pide mantener una distancia con ellos). La forman en que se mueven, los ruidos que hacen, la velocidad a la que nada, todo en ellos los hace fascinantes y adorables, nos puedes dejar de apretar el botoncito de la cámara y grabar videos. Hasta el día de hoy, cuando estoy triste, veo uno de esos videos para alegrarme un rato. Tenerlos tan cerca es un lujo.

Continuamos a la Base Aérea Antártica Eduardo Frei, que además de incluir el aeropuerto, que recibe aviones de diferentes países, incluye también un centro meteorológico y científico de la Armada, y la Villa La Estrellas. Allí viven las familias de los militares, los científicos chilenos que se encuentren en ese momento en la isla, y por supuesto los civiles (contados con los dedos de una mano), que trabajan en los servicios de esta pequeña villa, que tiene un banco, un correo, un hospital, una escuela y un pequeño supermercado. A su lado se ubica el Instituto Chileno Antártico, con una interesante muestra de fósiles que relata la historia geológica de este impresionante continente.

En Villa Las Estrellas una de las cosas entretenidas para hacer es ir al correo. Allí puedes pedir que timbren tu pasarporte (o lo que sea que tengas), o mejor aún, puedes mandar una postal a tu casa, ¡desde la Antártica!

Nuestra última actividad en la Isla fue subirnos a un bote y cruzar a la Isla Ardley para ver visitar una colonia de pingüinos Papúa, es decir, donde están los polluelos que aún no pueden nadar, porque no han cambiado su plumaje. Ellos, que son aún son peluditos y pequeñitos, se dedican a dormir y comer todo el día. Por eso es bastante fácil acercarse a ellos y sacarles muchas fotos (aunque a veces los adultos se enojan y hacen graznidos de amenaza, que probablemente teníamos bien merecidos). Nuevamente la posibilidad de ver estos animales tan de cerca es un privilegio. También por ahí es posible ver nadando algunos pingüinos de Adelia.

Tras volver en el bote, rápidamente debemos subirnos al avión, para cumplir con los horarios. Fue un día intenso y aunque no pude ver ballenas (hay que internarse mucho más adentro para verlas), estar “en el poto del mundo”, es sin duda una experiencia increíble e intensa. La Antártica es un terreno vital para nuestra supervicencia, y sin duda debemos protegerlo, es por eso que todo el trabajo científico que se realiza en él, y las reglamentaciones que se ponen para el turismo, son tan importantes.

Entonces, ¿quién se anima a conocerla? Revisa nuestros programa full day y overnight Antártica.